Se acerca Cibeles... No pienso ir a la fiesta de despues lo aviso ya.
Pero si al concierto de La Casa Azul el 8 de Marzo! La esencia de mi personalidad, la alegria de mi malestar. Tan diferente, tan natural,tan divertido y especial...tan sorprendente,tan superguay!
Tengo la lista hecha ya, preparada para ir tachando a cada uno de los que me tengo que cargar por haberme dejado subir tan alto que ahora al decidir bajar me la he pegado tan fuerte que me he roto una pierna y quizás algo más.
Dicen que a veces es bueno volver a la realidad, no se yo si es tan bueno, yo paso de volverlo a probar.
Yo quería la de JADE!!!!!!!!!!!!!!!!!! ¡Me cachis en la mar!
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Mi hija se va a llamar Jade…paso de tener tantos hijos como nombres tengo para ellos en la cabeza, le pongo a uno 8 nombres, de hombre y de mujer, sea lo que sea, y que le den.
Me contento con un buldog francés, siempre francés, llamado Ernest Oliver Stromboli, todo tiene sentido aunque ya no lo recuerde bien.
¡Bien!
All I wanna do is (BANG BANG BANG BANG!) And (KKKAAAA CHING!) And take your money
No debería estar aquí, entre bazar et cafard, dans cette chambre d’amis où j’ai passé cette nuit, aujourd’hui et hier, peut être avec quelqu’un de pareil.
He aprendido a contener lo involucrado, a desplazar el desasosiego de esta jodida realidad que solo yo me he buscado, a un lugar perdido que desahogo en este sin sentido.
El desecho se me vino encima en forma de miles de vías, muchos complejos problemas que hoy no tienen solución, quizás mañana se arregle alguno, pero sé que gracias a dios no perduraran eternamente, se hallaran descansando como tantos otros suplicios que ya ni recuerdo, ausentes, paralizados en una parte de mi mente, que un día tuvieron cabida e inundaron el destrozo de esa parte de alegría que sentía, como ocurre en estos instantes en los que quizás no debería estar por aquí metida. Estoy jodida.
Solemnes, el brazo enganchado en su otro, a un ritmo robado de pasos lentos y furtivos, subían ellas las escaleras.
Tristes, parecían deslizarse, dos cuerpos en uno, unidos por otro que ya no existe, por unas cenizas que ya no respiran, por un dolor que nunca se irá.
Él solo había muerto, como tantos otros a lo largo del tiempo, sin significar nada para el mundo, sin embargo, de pronto, por el arrebato de la mano de Dios, ellas ya no tenían mundo.
Aquel día era como una foto en blanco y negro, lluviosa y de amplio marco blanco. Desmontadas en pedazos de alma rota, la gente conocida para él, se acercaba por intuición a consolarlas sin saber muy bien quienes eran ellas, ajenos a la verdadera historia que ahora solo ellas conocían, que desplazaba al resto de historias de cada uno de los que por allí discurrían a un cierzo vulgar y anodino, de una vida que ninguno de ellos tendría nunca.
Terminaron de subir las descimentadas escaleras de piedra gris del cementerio, sin sofocarse. Intuyendo, se detuvieron largo rato, la mirada alzada en una nube móvil que forzada hacia hueco al sol, el cual apareció impetuoso, enojado por no haber sido invitado en aquella mañana sin tiempo ni lugar. La lluvia no ceso, ni aun si quiera disminuyó. Todo acaecía como una guerra entre fenómenos, entre sol y lluvia, entre vida y muerte. El chico de traje negro que las cubría bajo un paraguas a juego, se dejaba deleitar por la belleza de las damas que ahora ya no pisaban suelo terreno, parecían elevarse por la incidencia de los rayos a otro nivel intruso de la realidad.
Prosiguieron con su marcha hasta la tumba, todo había sido ya cubierto, la tierra echada, el polvo guardado, quedaba ya la bendición. Permanecieron en su silencio, recordando todos los siglos que él las había alimentado, cada vida que habían quitado para que él no se fuese jamás, reconstruyendo momentos en los que debían fingir normalidad y el día que él las hizo bellas, las hizo eternas y ajenas. Su silencio, arduo y envolvente permaneció, y el sacerdote pudo comenzar con el benévolo rezo hacia un ser que él sabia que no derrochaba bien sino mal, el peor de los males, medirse con el Supremo.
Terminó pues, y las cientos de personas maravilladas por el personaje que allí rendían culto se marcharon. En sus mentes había un gran hombre de negocios, un empresario brillante conocedor de los más ocultos secretos del éxito, con siempre un mismo gesto. Nadie se preocupo por su riqueza, se la adjudicaron sin reflexionar a ellas, las que seguían allí de pie ocultas bajo el paraguas, con sus atuendos negros y sus tacones altos y finos, despreocupadas de la lluvia, del barro y de la gente.
Por fin cayó un rayo que partió la pierda del sepulcro de quien ya murió, y otro más que incidió en el paraguas de ellas dos, y ardió. Los demás huyeron, y ellas, por si acaso, se dejaron abrasar por el fulminante momento en el que todo debía terminar. Pero no fue así, en tiempo incontable se repusieron en pie. El chico del paraguas seguía quieto, solo admirándolas, dominado por el mal, sin saber. Con él, echaron a volar a un nido de ambigüedad donde sobrevivirían porque aun les quedaban muchos siglos por los que vagar.