jueves, 24 de enero de 2008

BACK TO BLACK



Solemnes, el brazo enganchado en su otro, a un ritmo robado de pasos lentos y furtivos, subían ellas las escaleras.

Tristes, parecían deslizarse, dos cuerpos en uno, unidos por otro que ya no existe, por unas cenizas que ya no respiran, por un dolor que nunca se irá.

Él solo había muerto, como tantos otros a lo largo del tiempo, sin significar nada para el mundo, sin embargo, de pronto, por el arrebato de la mano de Dios, ellas ya no tenían mundo.

Aquel día era como una foto en blanco y negro, lluviosa y de amplio marco blanco. Desmontadas en pedazos de alma rota, la gente conocida para él, se acercaba por intuición a consolarlas sin saber muy bien quienes eran ellas, ajenos a la verdadera historia que ahora solo ellas conocían, que desplazaba al resto de historias de cada uno de los que por allí discurrían a un cierzo vulgar y anodino, de una vida que ninguno de ellos tendría nunca.

Terminaron de subir las descimentadas escaleras de piedra gris del cementerio, sin sofocarse. Intuyendo, se detuvieron largo rato, la mirada alzada en una nube móvil que forzada hacia hueco al sol, el cual apareció impetuoso, enojado por no haber sido invitado en aquella mañana sin tiempo ni lugar. La lluvia no ceso, ni aun si quiera disminuyó. Todo acaecía como una guerra entre fenómenos, entre sol y lluvia, entre vida y muerte. El chico de traje negro que las cubría bajo un paraguas a juego, se dejaba deleitar por la belleza de las damas que ahora ya no pisaban suelo terreno, parecían elevarse por la incidencia de los rayos a otro nivel intruso de la realidad.

Prosiguieron con su marcha hasta la tumba, todo había sido ya cubierto, la tierra echada, el polvo guardado, quedaba ya la bendición. Permanecieron en su silencio, recordando todos los siglos que él las había alimentado, cada vida que habían quitado para que él no se fuese jamás, reconstruyendo momentos en los que debían fingir normalidad y el día que él las hizo bellas, las hizo eternas y ajenas. Su silencio, arduo y envolvente permaneció, y el sacerdote pudo comenzar con el benévolo rezo hacia un ser que él sabia que no derrochaba bien sino mal, el peor de los males, medirse con el Supremo.

Terminó pues, y las cientos de personas maravilladas por el personaje que allí rendían culto se marcharon. En sus mentes había un gran hombre de negocios, un empresario brillante conocedor de los más ocultos secretos del éxito, con siempre un mismo gesto. Nadie se preocupo por su riqueza, se la adjudicaron sin reflexionar a ellas, las que seguían allí de pie ocultas bajo el paraguas, con sus atuendos negros y sus tacones altos y finos, despreocupadas de la lluvia, del barro y de la gente.

Por fin cayó un rayo que partió la pierda del sepulcro de quien ya murió, y otro más que incidió en el paraguas de ellas dos, y ardió. Los demás huyeron, y ellas, por si acaso, se dejaron abrasar por el fulminante momento en el que todo debía terminar. Pero no fue así, en tiempo incontable se repusieron en pie. El chico del paraguas seguía quieto, solo admirándolas, dominado por el mal, sin saber. Con él, echaron a volar a un nido de ambigüedad donde sobrevivirían porque aun les quedaban muchos siglos por los que vagar.